Había caminado durante varias horas y parecía que nunca llegaría a la cima. Entre los oscuros cañones que se formaban en la abrupta superficie de la montaña ya no se llegaba a ver aquella luz que tanto le había llamado la atención, pero ella continuaba cuesta arriba.
Llegó un momento en que a medida que caminaba se iba adentrando en una densa niebla, como un aviso la cercanía de la cumbre.
El camino se volvía cada vez más tedioso, y Yui notaba que se ahogaba a cada paso, resintiéndose en su ritmo y obligándola a parar para reposar de tanto en cuando.
La nieve parecía más consistente en este último tramo, pero entre la fina capa de neblina que limitaba su visión se empezaron a filtrar los primeros rayos de sol del día.
Algún tiempo después de caminar casi sin descanso, Yui se encontró obstaculizada por una enorme pared de roca, con algunas grietas cubiertas de hielo. Descalza y con las manos desnudas, empezó a escalar aquel corte que se interponía entre ella y la cima.
Tras avanzar algunos metros, Yui no pudo evitar mirar atrás; la altura que podía percibir era considerable a pesar de la niebla, y cualquier pequeño descuido podía hacerla caer, con lo que se esfumaría toda posibilidad de continuar subiendo.
Poniendo todo su empeño y concentrándose en cada movimiento que hacía, continuó escalando. Algunos minutos después, estaba estirando el brazo en busca de la siguiente grieta que le sirviera de apoyo, cuando pudo palpar una superficie llana. La pared de roca se había acabado.
Con todas sus fuerzas, pero manteniendo la concentración, se apresuró en terminar de subir lo poco que le quedaba. Se tumbó en la superficie nevada, exhausta por el gran esfuerzo que había hecho. La neblina había quedado rebosando la pared, y ya no quedaba nada de ella en la parte superior, dejando limpio todo el ambiente. El horizonte estaba cubierto por un mar de nubes que impedían ver algo allí abajo.
Después de recobrar el aliento y revisar algunos rasguños, se levantó y pudo ver como cerca de sus pies empezaba un sendero de rocas blancas y pulidas. Al final del camino, sin nada más en el horizonte, había una pequeña ermita. En uno de sus laterales, había un pequeño cerco de piedras con mucha madera dentro que ardía con gran ferocidad, superando la llama en altura a la construcción.











